© 2009 Vietnam Estudio · Política de privacidad · Aviso Legal · Cláusulas Legales
On

Diario de un enfermero y periodista (Abril 2020).

Diario de un enfermero y periodista (Abril 2020).

Seguro que estás pensando cómo sobrevivirías aquí si se acabara el mundo. Este fue el comentario de mi hermana, en la flor de su adolescencia, aquella tarde, en lo alto de Gaztelugatxe. Anno Domini 1999. Mucho antes que aquellos acantilados tuvieran su conversión global en el refugio de Daenerys y sus dragones.

En efecto, mi obsesión por las distopías ha sido crónica. Muchas de las decisiones que he tomado, inconscientemente, tenían como fin último prepararme para cualquier tipo de apocalipsis que estuviera por venir. Las artes culinarias y las curativas. El amor por la montaña y por viajar en itinerancia, a pie o a pedales. La necesidad de transformar aventuras en crónicas, que, en definitiva, es lo que te lleva a vivirlas.

En particular, he sido muy fan del acabóse climático. Pero ahora estamos inmersos en esta suerte de guerra biológica, lidiando con un virus de extensión planetaria. Me cuesta creer que sea casual, que responda a la dinámica de epidemia que asola a la superpoblación de cualquier especie. Creo que los colegas de Bilderberg algo deben haber influido en el orden natural de los acontecimientos para que estén sucediendo así.

Al margen de la imaginación, el cine y la literatura han sido manantiales en los que inspirarme para configurar futuros decadentes. Quizá, yo no me daba cuenta, pero mi hermana sí. Tal vez, siempre he anhelado vivir un cataclismo, un cambio de paradigma. El equivalente, en este comienzo de milenio, a una gran guerra. Un punto de inflexión existencial.

La carretera. Ese evangelio según Cormac McCarthy.

En los bosques de Sintra y en el cabo de Hornos. En glaciares de Islandia, o de los Alpes. A los pies del Urriellu, o de los mallos de Riglos. Navegando por el Rhin o en las hoces del Duratón. En playas de Ostende o en la Selva Negra. Caminando por Manhattan o en rutas Xacobeas. En todos estos lugares, y en muchos otros, castillos, monasterios, masías, refugios, he tenido siempre la necesidad de visualizar cómo haría por desarrollar mecanismos de supervivencia.

El libro de Eli. La síntesis de las escrituras sagradas en medio de la desolación con Denzel como custodio.

Cuchillos, nudos, hachas. Conservas, salazones, plantas medicinales. Construcción de cabañas. Labores hortícolas, criar gallináceas. Destilados y fermentados. Cocer pan en una chimenea. Talar lo imprescindible de un bosque para sobrellevar un invierno. Hacer acopio de lo necesario para calentarte y cocinar. Habitar en el fondo de un valle. Que el agua hierva en una olla junto a la lumbre para poder ducharte. Que existas sin apenas cobertura. Que cada vez necesites menos para vivir.

Hijos de los hombres. O cómo Cuarón plasma la esperanza en un endometrio fértil.

Sólo me queda reconocer que estoy casi entusiasmado por estar viviendo esta realidad desde la primera línea de la atención sanitaria. Como así ocurrió cuando estuve en las islas del Egeo oriental, asistiendo a quienes huían de la guerra cruzando el mar. Por momentos, me conmueve pensar en el nuevo prisma que debiéramos formular después de esta tormenta multidisciplinar.

El mecanoscrito del segundo origen. Haced el favor, leed este libro con los ojos de los adolescentes que alguna vez fuísteis. Por cierto, soy enfermeriodista. Suelo habitar en un bloque quirúrgico, dentro de la rutina de las cirugías programadas. Tras declararse el estado de alarma he sido movilizado a Urgencias, lo cual me permite observar cómo esta pandemia está desmontando cualquier plan de contingencia que pudiera tener nuestro sistema sanitario. Los protocolos quedan condicionados por la escasez de bastimentos. Al final, como en los Tercios de Flandes, los efectivos lidian con los medios de que disponen, con la energía que infunde la vocación. No, no somo héroes, tan sólo tenemos una vocación que nos lleva a cuidar de los enfermos.Atiendo a los dolientes y escribo con la inspiración derivada de participar en cesáreas, en intubaciones urgentes o por haber llevado tantos cuerpos al mortuorio.

Elías Oliver