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El arte aún no existe

El arte aún no existe

El ser humano ha tratado de entender y dar un significado a las obras artísticas desde la creación del concepto de «arte»; previamente a este término y sobre todo gracias a la creación de los museos que lo acrecentaron aún más, no existía el arte, solo los artistas. De ahí que el ser humano primitivo no pintaba por una cuestión decorativa ni estética, sino por un deseo de caza. Los cazadores pensaban que pintando las presas en sus cuevas acabarían cazándolas; es por ello que la pintura tenía un objetivo pragmático y de deseo. Siglos más tarde, nuestra era, a esas pinturas les ha dado el nombre de «arte».
En la era Griega y Romana ese objetivo de deseo perduró: fomentando la belleza canónica. A diferencia que en el románico donde el arte volvió a tomar un sentido pragmático e incluso de manipulación: enseñar a la población analfabeta los pasajes religiosos que no podían leer. Del mismo modo que ocurría con las pinturas primigenias, siglos más tarde le hemos dado ese sentido de “arte”.

Hasta ese momento el arte se podía interpretar, llegaron las vanguardias y el arte tomó un sentido más emocional que racional. Un grupo de artistas lo puso a prueba: a partir de 1878 las vanguardias artistas asolaron europa, rompiendo con lo previamente establecido y trayendo nuevas corrientes estilísticas, además de innumerables críticas devaluando el arte ya que «no se podía entender».

En el salón de Artistas Independientes un joven pintor italiano llamado Raphaël Boronalli presentó un cuadro de una nueva corriente, el “excesivismo”, llamado Y el sol se durmió sobre el Adriático. Sorprendentemente a los críticos de arte les encantó y el cuadro junto al desconocido pintor se hicieron famosos rápidamente, por lo que los críticos quisieron conocer al joven Boronalli. El cuadro  se vendió por 400 francos y en el día de presentación no se presentó un artista, ni siquiera una persona, si no un burro llamado Lolo.

 

Días antes, unos pintores hartos de que se desvirtuara sus obras idearon un plan: ataron un pincel a un burro de una taberna mítica donde Picasso era uno de sus feligreses y le animaron con zanahorias y hojas de tabaco a pintar un cuadro. El resto de la historia ya la conocéis.

Este es un claro ejemplo de que el ser humano nunca va a llegar a entender la inmensidad del concepto de «arte». En la música ha ocurrido una situación análoga quedando patente con el nacimiento del Trap. Del mismo modo que las vanguardias salvaron el arte de no caer en unos estilos canónicos, el trap salvó al rap de no seguir el mismo ritmo clásico rutinario; no obstante, al igual que ocurrió con las vanguardias, el trap se desvirtuó con frases como «eso lo puede hacer cualquiera».

La sociedad está acostumbrada a tener todo masticado y explícito y no darle un sentido mayor al que tiene, incluso de disfrutar del sinsentido; es decir, de un arte dadaísta . Quizás una canción de trap, o del género que sea, no tiene que tener una letra muy trabajada para que guste o un cuadro no tiene que tener una explicación detallada para que evoque sentimientos, pero el ser humano, aún, no está preparado para entenderlo.

 

Aitor Aranguren