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EL PODER DEL RELATO

El poder del relato

Contar historias es la única forma que tenemos de explicar los grandes -y pequeños- conceptos del ser humano. El manido storytelling, con el que publicistas, productores y comunicadores de toda índole llevan años obsesionados, no es más que la habilidad para crear relatos impactantes haciendo uso de la palabra, la imagen o la música.

Pero no hace falta ser escritor -ni guionista, ni community manager- para comprender que el relato es, en definitiva, la herramienta que utilizamos todos para poner en orden nuestras emociones. Felicidad, miedo o tristeza son sentimientos imposibles de compartir sin hacer uso de estructuras narrativas sencillas. Precisamente por eso, porque es algo fundamental, lo hacemos todos y cada uno de nosotros de forma innata y desde hace miles de años. Las series, la publicidad o el cine no son más que los últimos herederos de la literatura, el teatro, o la ópera, todas ellas artes que provienen, en última instancia, de la tradición oral.

Como dejó escrito Richard Rorty, la lucha por este relato del que hablamos es la lucha por el liderazgo social. Aquel que controla la narrativa -el que estructura el cuento y señala en sus páginas a protagonistas y antagonistas- es el que alcanza, tarde o temprano, el liderazgo y la legitimación de la sociedad que le rodea. Y aunque Rorty lo dijo en los setenta, su teoría se hace hoy muy evidente en un mundo medido y cuantificado por las redes sociales. Por eso parece evidente que una escritora poniéndole el punto y final al que será su próximo best-seller sería un buen ejemplo de storyteller, como también lo podrían ser un rapero de éxito en lo alto de un escenario o una pareja de influencers contándonos directo anécodotas de su última escapada a Hawaii. Pero, ¿tenemos todos esa capacidad innata para construir y contar historias? La respuesta es sencilla. La tenemos.

Hagamos un pequeño viaje por nuestros recuerdos y lugares comunes. Nuestra familia. Aquel colegio. Aquella profesora. Nuestra primera pareja. Esa conversación. Aquellas vacaciones. Imaginaos que nos pidiesen explicar cualquiera de esos conceptos a un tercero, a un desconocido, café mediante. Probablemente, lo haríamos poniendo en contexto a nuestro interlocutor. Después, presentaríamos los personajes, estableceríamos el marco de la historia y, por último, trataríamos de establecer un orden lógico de los acontecimientos para llegar al desenlace de la mejor manera posible. ¿No es exactamente lo mismo que haría el rapero en cuestión, la escritora de éxito o el influencer al que hemos dejado tomando una piña colada en Honolulu para hacernos llegar su relato?

Desde muy pequeños, tratamos de contarle al mundo quiénes somos a la vez que recibimos un sinfín de historias que esculpen, sin que podamos evitarlo, nuestra forma de ser. A los seis años me contaron que, si me portaba bien y dejaba un diente de leche debajo de la almohada, el ratoncito Pérez me haría un regalo. A los quince, leyendo un cómic, me enteré de que Peter Parker se convirtió en Spider-Man por la picadura de una araña radiactiva en un museo de ciencias de Nueva York. Sin embargo, lo que realmente me habían enseñado a los seis era que un buen comportamiento podía ser recompensado, y lo que acabé interiorizando a los quince es que incluso un chico apocado, nerd y con pocas habilidades sociales era capaz de trepar rascacielos para salvar al mundo. Ya en la universidad, y leyendo a Godard, entendí aquello de que a veces la realidad es demasiado compleja y que las historias son lo único capaz de darle forma.

Cuando la Biblia narra la creación de la mujer a partir de una costilla de un hombre con la única intención de hacerle compañía, está legitimando la sumisión del género femenino, del mismo modo que cuando un carismático revolucionario cuenta ante una muchedumbre la historia heroica de un trabajador sometido a un poder totalitario está escogiendo adecuadamente quién es el protagonista de su relato y qué antagonistas sitúa del otro lado de la trinchera. Historias. Relatos. Lo mismo ocurre cada vez que una marca decide apostar por una nueva campaña publicitaria. Cada vez que Rosalía, Ed Sheran o Extremoduro lanzan un nuevo disco. Ocurre en pequeña escala con el código y el mensaje que lanzamos en cada story de Instagram, con cada trending topic o cada nueva moda que se hace viral.

Precisamente por eso, porque todas y cada una de las historias guardan un pequeño mensaje acerca de alguno de los grandes conceptos del ser humano, se hace esencial aprender a analizarlas, disfrutarlas, e interpretarlas. A fin de cuentas, más que simples receptores, todos somos, hayamos desarrollado o no las habilidades para hacerlo profesionalmente, contadores de historias.

 

 

 

Santiago Mazarro